viernes, marzo 31, 2006

LA PRIMERA VEZ QUE UNA CAMARA DE CINE 35mm SUBIÓ AL PICO BOLIVAR

PICO BOLIVAR. (foto cortesía INPARQUES)

El empeño de incluir una toma original del busto de Simón Bolivar
ubicado en la cima del pico, fue la complicada tarea
que sirve de tema a este relato.



Era el año de 1975. Nos preparabamos para rodar "MERIDA, LA TIERRA MAS ALTA", uno de los 24 documentales de la serie VENEZUELA UN PAIS PARA QUERER, que producía TIUNA FILMS para la Corporación de Turismo de Venezuela. En tan solo diez minutos el relato fílmico debería reunir todo el atractivo turístico del Estado: costumbres, gentes, pueblos, folklore y paisajes. Para ello sería preciso recorrer una vasta topografía abrupta y escabrosa, abundante en parajes apartados y accesos agotadores, siempre a la zaga de visuales inalcanzables para el público común.

En todo proyecto audiovisual la permanente búsqueda de lo inédito obliga a posicionar la cámara en lugares a los cuales el expectador normalmente no tiene acceso. Es el afán de "mirar" desde "tomas extremas", que resultan siempre laboriosas y complicadas.

Al producir un documental, debemos tener presente que registraremos situaciones y sucesos reales que aún están por ocurrir. Solamente nos será posible conocer "lo que deseamos filmar" y "para qué lo deseamos filmar", siéndonos imposible prever el fluir de los acontecimientos que registraremos y cuáles serán las conductas y reacciones de las personas con quienes nos relacionaremos en un rodaje que será imposible repetir. Como tales circunstancias impiden disponer de un guión previo, resulta imprescindible preparar una acertada "pauta" de trabajo, sobre la cual estructurar la logística a seguir.

Con esta pauta en mano, nuestro productor de entonces, el Sr. Juan Tort, se dirigió a Mérida para establecer contactos, determinar locaciones y solicitar los apoyos y permisos necesarios para la filmación.

A la semana todo estuvo a punto. El personal de filmación lo integrábamos Ricardo Younis como director de fotografía, Rafael Carvajal, asistente de cámara, Honorio Campos, segundo asistente y quién ésto escribe. Partimos por tierra hacia Mérida para reunirnos con nuestro productor Juan Tort.



El equipo que llevábamos estaba integrado por una cámara Arri II 35 mm, un juego completo de lentes intercambiables, desde un gran angular de 12 mm hasta un teleobjetivo Angenieux 400, un trípode Miller, filtros, bolsa negra, dos chassis para 400 pies de película, cinturones de baterías, maletas de luces full equipo, y 8 latas de película Kodak 5274 de 400 pies cada una.

Transcurrieron varios días de intenso y agradable trabajo, recorriendo tranquilos y pintorescos pueblos como Chiguará, Estanques, Bailadores. Capturando la figura de la Loca Luz Caraballo con su dedo torcido apuntando a la nada. Atrapando serenos paisajes cuando la niebla se abría en las curvas de Apartaderos. Y así, alternando entre la vetusta Mérida y las laderas cortadas por sonoras torrenteras, llegó el día de abordar el teleférico para filmar la alta montaña.

En la última estación de Pico Espejo, Ricardo Younis, como veterano cazador de imágenes, disparaba a todo cuanto se cruzaba ante su lente: turistas de cualquier edad y procedencia. Niños, jóvenes o adultos vistiendo gruesas chaquetas, manos enguantadas y coloridos pasamontañas. Primerísmos planos de bellas muchachas saboreando humeantes chocolates.

A través de los gruesos ventanales distinguíamos el paso continuo de la niebla. Cuando salimos del cálido ambiente para filmar en el exterior, nos golpeó el cortante viento del páramo. Recuerdo que comenzó a nevar levemente mientras estábamos en el viejo refugio vecino a la estación. El bigote y las cejas de Ricardo se convirtieron en blancas agujas de hielo. Lo mismo ocurrió con mi barba. Pronto el frío se hizo insoportable e iniciamos el regreso buscando el cálido cobijo del terminal. A pesar de que la distancia era corta, el ascenso fue fatigante por lo empinado del camino en alturas que superaban los cuatro mil setecientos metros.

Y entonces ocurrió lo inesperado: cuando ya ibamos a entrar en la estación, se abrió la niebla y apareció ante nosotros la lejana figura del Pico Bolivar. Su presencia repentina fue como un reto a nuestro constante empeño de captar "tomas extremas".

¿Cuál podría ser la toma más "extrema" de éste documental? Nos preguntamos.

Y la respuesta inmediata fue:

!El Pico Bolívar, el punto mas alto de la tierra mas alta de Venezuela!

Y a partir de aquel momento centramos en ello todo nuestro esfuerzo.

Pero antes teníamos que regresar a Caracas para obtener la autorización de Manuel Socorro y, una vez lograda ésta, convertir en formal expedición lo que había comenzado como una simple filmación. También era un reto para Tiuna Films llevar por vez primera una cámara de cine de 35mm hasta el punto más alto de Venezuela: la cumbre del Bolivar.

BUSTO DE BOLIVAR EN EL PICO (Foto cortesía de INPARQES)

Mientras en Caracas nos equipábamos con todo lo que necesitaríamos, Tort, de nuevo en Mérida, hacía contacto con el "Grupo de Rescate Domingo Peña", de la Universidad de Los Andes. Este grupo, integrado por jóvenes universitarios, tenía la experiencia, el conocimiento perfecto de la montaña y el entrenamiento necesarios para guiarnos confiablemente hasta la propia cima.

Lamentablemente Ricardo Younis no podría acompañarnos ésta vez, pues le había sido asignado otro documental de la serie contratada por la Corporación de Turismo. En su lugar incorporamos a José González Medina, uno de los veteranos camarógrafos con que contaba Tiuna Films.

Como nunca se llevó un registro detallado de este complejo proceso de realizar 24 documentales sobre Venezuela en poco más de un año, no disponemos de las fechas exactas en que ocurrieron los acontecimientos que narramos. Lo cierto es que tan pronto como arribamos a la ciudad de Mérida, sostuvimos una larga reunión con los muchachos del Grupo de Rescate Domingo Peña, quienes nos comunicaron con lujo de detalles todo lo que podríamos hacer y deberíamos evitar.

Para subir al Pico Bolívar nos era indispensable aprobar un cursillo intensivo. Debíamos contar con algunos conocimientos elementales, tanto teóricos como prácticos: técnicas de escalada, descensos a rapel, uso correcto de equipos, cuerdas, mosquetones, y un sinnúmero de competencias en las cuales debíamos centrar nuestra atención.

Al día siguente muy temprano, asistimos a nuestra primera lección teórica. Ésta se centró en dos aspectos: técnicas generales, e importantes informaciones relacionadas con ese aislado y singular paraje al que deseábamos visitar.

Sobre las técnicas fuimos instruidos en temas como: ropa apropiada, implementos a utilizar, uso y manejo de cuerdas, la llamada "regla de los cuatro puntos", a tener muy presente durante la escalada, descensos a rapel, y otros asuntos de igual importancia.

Nos mostraron mapas de la montaña que señalaban las rutas que íbamos a seguir. Primero desde la Estación de Pico Espejo hasta el Glacial de Timoncito, y luego desde éste hasta el pico. El Glacial de Timoncito, donde pecnoctariamos, es una minúscula laguna creada por el deshielo. Está ubicado a escasos metros debajo del pico y cubierto de nieve durante la epoca de lluvias (Junio a Septiembre) pero como estábamos en Abril encontraríamos todos sus alrededores despejados, facilitándonos la subida.

Nos hablaron también de las dos principales rutas para llegar hasta la cumbre: La "Ruta Burgoin", seguida por el Dr. Enrique Burgoin y sus dos acompañantes Domingo Peña y Márquez Molina, cuando coronaron por primera vez el Pico Bolívar en 1934. Y la "Ruta Weiss", seguida por el Dr. Franz Weiss al año siguiente. Nosotros seguiríamos ésta última por ser la más corta y de menor dificultad. La "Ruta Burgoin" no era apta para escaladores con poca experiencia como nosotros.

Después de la teoría llegó el momento de la enseñanza práctica. Nos dieron cita para el día siguiente a las 9 am en la llamada "Vuelta de Lola", situada a las afueras de Mérida. Esa tarde nos retiramos contentos y satisfechos sin sospechar lo que nos aguardaba.
_________________________

A las 9 en punto de la mañana nos encontramos con nuestros entrenadores en el sitio acordado, la "Vuelta de Lola".

Lo primero que divisamos fue una colosal roca granítica de aproximadamente treinta metros de altura, situada a un costado de la carretera. El lider del grupo, cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, señalando la gran pared casi vertical de la roca, nos dijo que si la lográbamos escalar pasaríamos el exámen. El descenso debíamos hacerlo en rapel.

Nos miramos en silencio preguntándonos quién daría el primer paso.

Mientras esto ocurría, otro jóven del Grupo de Rescate, convertido en hombre araña, subía libremente por la escarpada pared, llevando una cuerda terciada al hombro, velozmente y sin esfuerzo, como si tuviese ventosas en las manos y en los pies. Nuestras miradas lo siguieron hasta que alcanzó la cima, donde amarró firmemente una de las puntas de la cuerda a una gruesa roca, lanzando la otra hacia abajo.

La idea no era la de trepar afianzándonos en la cuerda, sino que, fijada a nuestro arnés por un mosquetón, se mantendría floja y sin tensión al subir. Era una "línea de vida" que funcionaría sólo en caso de un resbalón.

No fue difícil darme cuenta que, por ser cabeza de grupo, yo debía ser el primero en dar el paso al frente. Y así lo hice disimulando en lo posible la tensa incomodidad que sentía.

El instructor fijó el mosquetón de la cuerda al gancho de mi arnés. Y caminé hacia la pared para observarla de cerca.

Me pareció horriblemente lisa, con muy pocos salientes donde pudiese encontrar sujeción. El instructor se me acercó y comenzó a señalarme varios. Había llegado el momento de aplicar la "regla de los cuatro puntos" que consiste en descubrir sucesivos "puntos" donde podemos sujetarnos. Mientras nos mantengamos apoyados con ambas manos y ambos pies, permaneciendo tranquilos y relajados, podremos sostenernos sin dificultad. Así bien firmes en "cuatro puntos", buscaremos con tranquilidad otro, ya sea para aferrar los dedos de una mano, o para apoyar la punta rígida de una bota. Entonces, moviendo la extremidad correspondiente alcanzaremos ese nuevo apoyo. Mientras hacemos ésto nos quedaremos brevemente sostenidos en "tres puntos": DOS MANOS Y UN PIÉ o DOS PIES Y UNA MANO. Una vez alcanzado el nuevo apoyo, nos encontraremos otra vez en la posición segura de los "cuatro puntos". Así, alternando sucesivamente "cuatro puntos" con "tres puntos", iremos ascendiendo con facilidad. Es asombroso comprobar cómo es posible encontrar tantos apoyos seguros. Debemos ir "tentando" muy bien cada uno, comprobando su firmeza antes de hacer el siguiente movimiento. Esto es vital, pues si un apoyo nos falla mientras nos encontramos solamente sujetos en "tres puntos", la caída será inevitable.

Poco a poco y casi sin darme cuenta fuí ascendiendo por la vertical pared. A mi lado iba guiándome el instructor, siguiendo una ruta paralela a la mía sin el auxilio de ninguna cuerda.

Cuando por fin llegué arriba, el otro instructor que en todo momento había estado atento sosteniendo mi cuerda, me recibió con una gran sonrisa. Todo el mundo gritó y aplaudió abajo. Desde lo alto observé cómo los autos que pasaban por la carretera se detenían curiosos para mirar lo que allí estaba ocurriendo.

Ahora debía descender en rapel. Me acoplaron la cuerda al mosquetón con las vueltas de ley y me repitieron la teoría:

Espaldas al vacío apoyando ambos pies sobre la roca y dejando caer el peso sobre la silla del arnés. Así sentado, debería tener muy presente que la mano que controla el movimiento es la de abajo y no la de arriba. Sólo ella sería la que me permitiría descender, aflojando y tensando la cuerda a cada salto. La otra mano, arriba, la utilizaría únicamente como apoyo.

Comencé dando pequeños saltos temerosos. ¡Y funcionó ! En la medida que bajaba, institivamente sincronizaba el impulso hacia atrás con el aflojamiento de la cuerda. El resultado fue una sensación de libertad increíblemente grata, dominando la altura y el espacio. Lamentablemente fue una emoción breve, pues en tan solo siete u ocho impulsadas, toqué de nuevo la firme tierra horizontal, finalizando así mi insólito descenso.

Abajo recibí nuevas felicitaciones efusivas. Estaba tan eufórico con la experiencia que no hubiera vacilado en repetirla muchas veces si me lo hubiesen pedido. Pero era el turno de mis compañeros, que se desempeñaron con igual destreza y entusiasmo. De esta forma recibimos el visto bueno de nuestros experimentados y amables entrenadores. Si el buen tiempo lo permitía el ascenso al pico sería realizado a la mañana siguiente.
__________________________


Todo el equipo de montañismo fue suministrado por el Grupo de Rescate Domingo Peña, incluyendo la gran carpa para pernoctar en Timoncito. Nosotros nos encargamos de lo concerniente a la comida, según la lista sugerida por nuestros guías



Después de un sabroso desayuno andino, arribamos a la Estación Barinitas, la primera del Teleférico, situada en la ciudad de Mérida a 1600 metros de altura. Desde allí subiríamos 3160 metros hasta Pico Espejo, situado a 4760 metros de altura, trasbordando tres veces en un recorrido de 12.5 km. Este trayecto normalmente se hace en una hora, pero nos llevó casi tres, debido a la gran cantidad de equipos que debíamos bajar y subir, dando preferencia a los pasajeros habituales.

Sin perder tiempo iniciamos la marcha. Eramos diez en total: cinco del Grupo de Rescate Domiingo Peña y cinco del nuestro.

Estimábamos emplear dos horas para arribar al Glacial de Timoncinto. El camino era un estrecho sendero difícil y peligroso, serpenteando en una honda ladera cubierta de lajas sueltas que rodaban cuesta abajo al pisarlas.

Como a la media hora, José Gonzalez Medina se sintió indispuesto. Había comenzado a experimentar el llamado "mal de páramo", o de las alturas, sintiendo un creciente cansancio y un agudo dolor de cabeza.

Detuvimos la marcha y, después de comprobar su estado, convinimos en que lo más prudente era su inmediato regreso a la Estación de Pico Espejo. Uno de los muchachos del Grupo de Rescate lo acompañaría en el trayecto, instaládolo sano y salvo en el vagón del teleferico vía Mérida. Aún habría suficiente luz como para que pudiese regresar a reunirse con nosotros antes del anochecer.


Y así lo hicimos continuando seguidamente la marcha. Debíamos arribar lo más pronto posible al Glacial de Timoncito para instalar el campamento y dejar todo listo para iniciar la escalada al día siguiente con las primeras luces del amanecer.

Caminábamos en fila indía bajo la mirada atenta de nuestros guías. Me llamaba mucho la atención la ausencia total de vida: Ni una planta, ni un ave. Solo negras piedras planas. El paraje era un lugar inhóspito que producía en mi una inquietante sensación de soledad y desamparo. El sonido se limitaba al producído por nuestro andar sobre las piedras, seguido por el de las lajas al rodar barranco abajo.

Al apoyar mi mano en un peñasco para sortear una hondonada, ahuyenté unas pequeñas moscas que ràpidamente levantaron vuelo. Fue ésta la única forma de vida que pude observar durante todo ese trayecto.

Al fin arribamos a Timoncito. El Bolivar estaba cerca, casi encima de nosotros, al final de unas laderas graníticas que se elevaban como gigantescas escarpas de piedra. Tuve la sensación de haber penetrado en una dimensión irreal y ajena. Pensaba en la sensación que sentiría si me encontrase totalmente solo en este colosal escenario inerte, donde el tiempo parecía no moverse. Sentía como si una presencia poderosa e invisible nos observara detrás de cada piedra, desde la niebla, dentro del silencio mismo.



GLACIAL DE TIMONCITO (Foto cortesía CEU)


Casí no había nieve aunque el frío era cortante. La pequeña laguna del glacial estaba descongelada y un hilo de agua que venía de lo alto, la desbordaba sin producir sonido alguno. Dos metros mas bajo, se extendía una pequeña explanada. Era el lugar predilecto de los montañistas para acampar antes de emprender el ascenso. Allí habían estado ya Burgoin, Márquez, Domingo Peña, Weiss y tantos miles de excursionistas que, al igual de nosotros, habían respondido al enigmático llamado de la montaña.


Desempacamos a prisa pues ya comenzaba a bajar la noche. Muy pronto la gran tienda quedó montada. Tenía capacidad para diez personas acostadas una al lado de la otra. La armámos cerca del semiderruido "Refugio Albornoz", erigido años atrás para guarecer a los excursionistas que allí pernoctaran. En este refugio almacenamos nuestro equipaje con la intención de utilizar la tienda sólo como dormitorio.


Poco después de haber montado el campamento, apareció el jóven que había acompañado a González Medina. Nos informó que se encontraba bien y que para ese momento debía estar ya en Mérida. Había sido atendido en la Estación de Pico Espejo dejándolo en condiciones de bajar.

EN EL CAMPAMENTO -- Foto Juan Tort

Nuestros guías encendieron una cocinilla portátil para preparar la cena, que consistió en una caliente y abundante sopa de minestrone (de sobre), rebanadas fritas de jamón enlatado, pan y café.


Después de comer, iniciamos una agradable tertulia al aire libre, iluminados por una lámpara a gas. Nuestros amigos del Grupo de Rescate relataron algunas de sus experiencias como guías de montaña y nosotros hicimos lo propio narrando las nuestras como cineastas. En la conversación surgió un tema relacionado con algo que minutos antes había llamado poderosamente mi atención: caminando por los alrededores, había divisado excrementos de res muy próximos al refugio Albornoz. Me pareció extraño, pues estábamos a una altura cercana a los cinco mil metros, en un paraje por demás agreste y sin posibilidades para el pastoreo. Nos explicaron que habían reses cimarronas deambulando normalmente por los páramos bajos y, alguna de ellas extraviada, subía evetualmente hasta estos lugares, dándose el caso de embestir las tiendas de los excursionistas.


Esa noche la atmósfera era delgada y transparente permitiendo contemplar un firmamento abarrotado de estrellas. Son raras las ocasiones en que tenemos el privilegio de estremecernos así ante una manifestación tan contundente del infinito: La Osa Mayor, la Vía Láctea, Orión. Cuántas preguntas sin respuesta. Cuántos misterios aún por develar.


A eso de las nueve nos dispusimos a dormir. Nos acostaríamos sobre colchones de espuma de goma cuya misión era la de aislarnos del penetrante frío del suelo rocoso. El piso de lona de la carpa solo detendría el paso a la humedad. Como una deferencia hacía mi, los muchachos del Grupo de Rescate me ofrecieron un colchón inflable que, por ser más grueso, me mantendría más alejado de la helada roca. Forrado en ropas y envuelto en mi gruesa ruana paramera de lana de oveja, me ubiqué en el fondo de la carpa, en el extremo opuesto a la puerta. Los demás se fueron colocando uno al lado del otro, hasta que el último bajó el zipper cerrando completamente la tienda. Muy pronto todos entramos en un profundo y reparador sueño.

______________________


Sin ambargo no fue así para mí. Me despertó un agudo dolor de cabeza. No tenía idea del tiempo transcurrido. Traté de ver mi reloj en medio de la obscuridad. Las manecillas fosforescentes apenas se divisaban. Me pareció que era algo así como la media noche. De pronto me dí cuenta que el piso estaba tremendamente frío y duro.


¡Mi colchón de aire se había desinflado!


Comenzaron a transcurrir largos e incómodos minutos sin poder recuperar el sueño. Todos roncaban a diferentes tonos e intervalos. Poco a poco la terrible jaqueca fue aumentando hasta alcanzar un nivel insoportable. Deseaba tomar un calmante pero, para ello tendría que caminar encima de mis ocho dormidos compañeros, abrir la puerta de la tienda y dirigirme luego, en la más absoluta obscuridad, hasta el refugio Albornoz que fungía de almacén. Eso significaba despertar a todos por una indisposición personal que, aunque molesta, no era grave.


Opté por permanecer quieto. Ante la imposibilidad de dormir, a ratos me sentaba. Por la gran obscuridad reinante no podía divisar a mis compañeros, más sí escucharlos. Traté de distraerme analizando sus sonidos. Unos eran acompasados y profundos. Otros entrecortados con alargadas pausas. Esperaba que alguno despertase para comunicarle mi situación. Pero para mi desgracia, todos dormían profunda y gozosamente. El frío y la dureza del piso se hacían cada vez mas molestos. Logré sentir alivio adhiriendo mi frente con la fría lona de la carpa, que hacía un magnífico papel de compresa helada. Asi, sin ningún cambio, transcurrió esa terrible y larga noche que jamás olvidaré.


Cuando se filtraron por la carpa las primeras luces del amanecer, comenzaron a despertarse los muchachos. Muy pronto todos estuvieron de pié preparándose para partir. Yo los dejé hacer, dando tiempo para ser el último en levantarse. Mas cuando estuvieron casi listos y me ofrecieron una taza de café, los puse al tanto de mi situación. Me encontraba tan mal que no deseaba moverme. No me sentía con el suficiente ánimo como para intentar una escalada que habría de durar por lo menos cuatro horas entre subir y bajar. Los guías, considerando responsablemente la situación, me dijeron que en tales condiciones no podría acompañarles y por lo tanto amablemente me ordenaron permanecer en reposo hasta que ellos regresaran. Me suministraron un calmante y a eso de las siete de la mañana, los vi partir, rumbo a la cima, caminando hacia la laguna del glacial cuyas aguas habían amanecido congeladas.


La Arri II de 35mm, la llevaba Rafael, cuidadosamente protegida en un morral. El cinturòn de baterías lo ajustaba al cinto Honorio. Tort llevaba el chassis con la película, algunos lentes, el exposímetro y su inseparable Pentax.


Muy pronto se perdieron en la niebla que bajaba del pico. Y me quedé profundamente frustrado, escuchando cómo se alejaban sus voces montaña arriba.

___________________________
Lo primero que hice fue entrar de nuevo en la tienda, cerrar la puerta y tratar de dormir. Las medicinas suministradas me habían calmado un poco el terrible "mal de páramo" que me aquejaba. Sentía una mezcla de desengaño y enojo. Tanto imaginar y planificar ese momento para al final ver cómo se rompía el sueño: ¡No podría coronar el pico!.


Hacia el mediodía me desperté. No había señal alguna de los muchachos. Salí al exterior y vi que estaba nevando muy fino. Me sentía ya bastante mejor. Para dejar transcurrir el tiempo, subí hasta el glacial situado a ocho o diez metros más arriba. Estaba parcialmente descongelado. Honorio me había dicho que cuando subió para lavarse la cara, tuvo que romper una delgada capa de hielo que cubría la superficie del agua. Observé todo a mi alrededor: arriba la montaña se ocultaba entre la niebla, abajo contrastaba la imagen amarilla de la carpa. Me dí cuenta que ahora sí estaba inmensamente aislado en aquella desolada montaña, viviendo en tiempo real aquella atemorizante sensación que el día anterior había imaginado. Pero, en lugar de intimidarme, sentía que estaba experimetando algo especial y único. Estar allí, en íntimo contacto con aquella naturaleza extraña, me atraía.


Así permanecí largo rato, saboreando aquel momento, convirtiéndolo en una vivencia íntima y personal. Los minutos pasaron y salí de mi arrobamiento. En la falsa creencia de que la distancia en línea recta que me separaba del pico no era mucha, comencé a gritar llamando a mis compañeros. No hubo respuesta alguna. La nieve fina me caía sobre la ruana. Volví a la tienda. Seguí esperando. No sabía qué hacer. No tenía libro que leer. No tenía radio que escuchar.


La intensa monotonía comenzó a molestarme. Tomé la decisión de regresar. Y así, dejándo una nota, emprendí el camino de vuelta. No tenía duda sobre la ruta a seguir. Paso a paso, bajo la nieve que como un polvillo caía sobre mi ruana negra, fui reconociendo el camino. No puedo decir con precision cuánto tardé, pero despues de un largo caminar divisé a lo lejos la figura rectangular de la estación de Pico Espejo. Ahora lo que deseaba era bajar cuanto antes a Mérida, y encontrarme de nuevo con el rebullir de lo cotidiano. Al entrar en la estación observé que la ruana negra se había vuelto blanca por la nieve.

___________________________


Cuando llegué a la Estación de Barinitas, ví a González Medina que estaba hacendo guardia para esperar a que bajásemos. Le puse al tanto de todo lo ocurrido y juntos nos dispusimos a aguardar allí el regreso sano y salvo de nuestros compañeros


Fue una larga espera. Los muchachos aparecieron bastante entrada la tarde, triunfantes y contentos, contando entusiamados la insólita experiencia. Nuestra expedición había culminado. La misión había sido felizmente cumplida.


Por vez primera una cámara de cine de 35mm había llegado hasta la cumbre del Pico Bolivar. El mejor testigo de la hazaña es el documental MERIDA LA TIERRA MAS ALTA. Fue una "toma extrema" de larga y difícil preparación.... ¡que apenas dura diez y seis segundos...!

Aureliano Alfonzo B.



Mucho apreciaremos sus comentarios acerca de éste artículo. Puede ser reproducido libremente siempre y cuando sea mostrado en su contexto total, indicando el nombre de su autor y origen, agregando el enlace: http://aurelianoalfonzo.blogspot.com

Site Meter

1 Comments:

At 2:55 p. m., Blogger Josemiguel said...

Bueno el relato, pero ya Efrain Gómez (sobrino del dictadoe J. V. Gómez)había ascendido con una camara y filmado al pico Bolivar en la primera mitad de la década de los años 30. Bolívar Films utilizara esta imagen del busto en años posteriores.

 

Publicar un comentario

Links to this post:

Crear un vínculo

<< Home